miércoles, 2 de enero de 2013

No te preocupes, pequeña.




- ¿Qué te pasa pequeña?

La niña, sentada en una roca cerca del agua se dedicaba a tirar cántaros al rio, haciendo que rebotasen 1, 2, 3 veces. Se removía un moco en su abriguito blanco cada vez que no lo conseguía, y tras ello, el impulso que tomaba para lanzar el siguiente le hacía dar un pequeño bote en la roca, haciendo peligrar su estabilidad.
- Me duele la cabeza - silencio.- Son las ideas.
- ¿las ideas?
- Si. hay muchas. No caben.
El hombre, que fumaba pipa mientras la observaba emitió una ligera carcajada.
- ¿Hay aforo limitado, o qué?
La niña le miró sin comprender. Sus ojitos grandes se abrieron mucho, haciendo que brillasen como dos luceros. El hombre se sentó a su lado y le acarició el pelo con dulzura. Las manitas de la pequeña se agarraron a las suyas, pidiéndole quizás, algo de auxilio para las ideas.
- No te preocupes, pequeña. Pronto llegará la primavera y te podré regalar un vestido largo de amapolas...

sábado, 10 de noviembre de 2012

Muda súplica.

La música de Einaudi me recuerda a aquellas noches caminando por las calles de Nueva York, en las que la luz lo inundaba todo y me llenaba a mi, de vida y recuerdo. En aquellas expediciones nocturnas siempre me encontraba con personajes que después se quedarían en mi memoria durante mucho tiempo. Fue en una de esas noches cuando conocí a la dama de rojo. Siempre pensé que podría haber sido un personaje de novela, y que era un poco mia, ya antes de verla siquiera. Recortada contra el marco de la ventana, me esperaba tranquila, en uno de los bares de la avenida en la que yo me hallaba deambulando aquella noche, más por casualidad que otra cosa. Su vestido rojo se le pegaba al cuerpo, y su gabardina, siempre en color crudo, sobre la silla. Fumaba un cigarrillo lentamente, como queriendo fumarse la noche. No tardé en reconocerla. Y en saber, que luego, al salir, al irme, probablemente estaría lloviendo. Abri la puerta y me senté en su mesa. Nos miramos a los ojos, largo rato, mucho tiempo. Ella y yo. Ambas. No se cuanto pasó hasta que por fin detecté un atisbo de reconocimiento en sus ojos. Y quizá algo de miedo. Aunque ella nunca lo reconocería. Y entonces, por fin, lo supimos. Ambas lo supimos. Quizá en su discurso interno nunca llegó a relacionar hasta tal punto los conceptos y saber que eramos la misma persona. Que eramos uno, en realidad, ella y yo. Escritora y personaje. Ella pidió un baso de Wishky y yo un cafe con leche. No hablamos, sencillamente nos mantuvimos así, durante horas. Mirándonos. En algún punto de la noche, el camarero, que se había mantenido a parte, observando la curiosa escena sin llegar a intervenir, nos informó de que era hora de cerrar y teníamos que abandonar el local. Como predije antes de entrar, fuera llovia. Y la dama de rojo se alejó y yo la vi una última vez, recortada en las luces de la calle. Sólo al llegar a la esquina se giró, y me habló, despacio:

- Te echo de menos. Recuerda que si tu no escribes yo no existo...

La lluvia le desdibujaba el rostro y no pude ver sus lágrimas, aunque las intuí, en la distancia.  Y después volver, siempre volver, a casa. Probablemente no fue el encuentro más inesperado de todos aquellos que tuve en mis paseos nocturnos por las calles de Nueva York. Pero aún hoy me acuerdo de su cigarro, de su rojo, de su noche. Y de su muda súplica.



 Cuadros: Mark Keller



A veces lo extraordinario te encuentra, en la rutina de la cotidianidad, y te hace seguir, seguir adelante. Siempre adelante. 

domingo, 28 de octubre de 2012

Tras el velo

La luz entraba por la ventana como un espejismo. Cual esperanza, cual primer amor. Entre aquellas flores marchitas ya no quedaba más que la pena, la pena y la pena que NO nos llevamos de viaje. Y sin embargo la luz, la luz por la ventana que nos trajo ritmos de salsa, rumba y habaneras. Y sin embargo el veneno en vena, el veneno en vena de ese dulce sabor, de ese dulce sabor que envenena en vena, como la luz y el baile, por la ventana, y aquel sabor, de salsa rumba y habaneras.
Y a veces me pregunto, ya de noche y a oscuras, si la luz no fue lo que nos hizo ver que la vida, la vida infinita que todo lo abarca nos pertenece, en ese fragmento en el que la cortina, el velo, se mueve, se ondula, vibra casi imperceptiblemente, en ese instante en el que entreveo la forma, desvelo la noche, vislumbro la figura que se esconde. Y la luz de la ventana como un espejismo. Y tus ojos. Cual esperanza, cual primer amor.
No siempre tocamos el humo con los dedos, el humo... con los dedos. Ese humo que somos, y se cuela, por la ventana, en el instante, en la forma, en nosotros. El humo que vuela, que viaja, que fluye, que escapa. El humo que mando, como mensajero, a que se lleve lejos esa pena, y traiga consigo ese sabor, ese sabor que se cuela en el paladar y se queda, ese sabor de salsa, rumba y habaneras.
Como un recuerdo, la luz entraba por la ventana. Y tu cuerpo desnudo, tras la cortina.


Cual esperanza, cual primer amor.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Ritmo

Y un montón de sonidos que no tienen nada que ver revolotean en mi cabeza. Pero, ¡ah! encontré el ritmo entre todos ello, escondido entre las palabras...

sábado, 6 de octubre de 2012

With love

A ti
 
Ya llegó el ahora. Por fin llegó el momento de enfrentarse a aquello que más temo. El momento de levantarme, de la mesa, en una comida aborratada de gente que en realidad poco importa pero están ahí, en la retina. Pero si, llegó el momento de apartar la silla, con decisión, que se mueva un poco y haga ruido, anunciando el momento en el que por fin, alli de pié en aquel restaurante de los desconocidos, sin que nadie se de cuenta en realidad de lo que sucede pero todos aplaudan un poco, me levante y me vaya. Aparte la silla, así, haciendo un poco de "estoy aquí", deje la servilleta sobre la mesa y levante la copa, hacia todos y hacia nadie. Y levante la copa y me vaya. De aquí. A dónde no importa. Es solo el gesto. Estaba sentada y... enfin, no se. Lo supe. Es de esas cosas que... Pero ah... Tú que vas... no si, si, claro. Pero, ahora. Llegó, y lo sé, y ahora soy consciente y me rio, me rio a carcajadas - y siempre quedará aquello  de, si me rió y nadie lo oye, nadie salvo yo, sucedió realmente?- . Y me rió a carcajadas, porque te veo, te veo más que nunca, te veo en tus ojos de color marron. Y te veo como no te veía hace tiempo, aquí, aquí delante en el sofá, y levanto la copa y todos aplauden, y me coges en brazos y me dices "lo conseguiste, lo conseguiste", y llegó el momento, y ahora lo sé, pero un poco siempre lo supe, y tus ojos brillan y se abren a un universo desconocido, y me levanto y es un poco por mi pero es también por todos, y a través del vino se ven, un poco de forma nueva, todas las personas que aplauden, en esa mesa abarrotada, en el ahora traslúcido de un vaso de vino, de un beso de vaso, de un vino de beso, y sólo aquí, en tus brazos tengo la fuerza, y ya, es ahora, abrir la puerta, abrir la puerta de golpe. Y me levanto, y aparto la silla, y dejo la servilleta sobre la mesa, y cojo la copa, y la alzo, y los aplausos, y la gente, y la puerta, de golpe, la puerta, y marcho, marcho entre los aplausos, por el pasillo, hacia la luz. Y tú me esperas, allí, con una mano hacia mi y otra hacia quién sabe dónde. Y los aplausos, un poco sin saber y un poco sabiendo. Y la copa, vacía, y la mesa, y la gente. Y llegó el ahora. Vamos.

viernes, 24 de agosto de 2012

Canas intelectuales

Y como de película, se nos aparece, así de a pronto, nuevo y mágico, mucho más fuerte y maravilloso, el presente como un océano de posibilidades. Y así, como de película, hoy toca decir que todo es posible, que habrá un mañana y que estamos aquí para vivirlo. Qué sentido tiene vivir si no es el estar acompañado. Ahora, cuando más que nunca el dinero y el poder son la vigente filosofía, quisiera volver a repetir que para mi son los lazos humanos -por no decir amor y que se malinterprete en sentido único- el mayor de los motores. Mano sobre mano y corazón con corazón construyendo ese gran espejo en el que se reflejan cientos de manos alzadas, de un color distinto cada una. "¡María!, ¡ven!, ¡ven Maria!, ¡veo más verde, por alli!". Y correr entre la gente con los pies mojados por el rocío y ver las estrellas reflejadas en el cristal de media luna de las gafas de aquel señor que ondea una bandera republicana. En el concurso de cocina ganó, tal y como dijiste, aquel pastel sabor un poco arándanos con queso un poco elecciones anticipadas -por fin-. Y cómo saber cuando toca. Y cómo abandonar ese viejo miedo de equilibrista principiante de cuerda floja. El tren en la estación tiene todas las ventanas abiertas, y cientos de manos ondean pañuelos de despedida. La televisión continúa escupiendo esas toses de constipado -hay que dejarla, pobrecilla, está enferma. Mi padre siempre dice que la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo. Ojalá a unos cuantos no se les curase nunca. Y si juventud es reivindicar, y no tener miedo a quejarse, ni al cambio. Y si juventud es no querer quedarse quietos. Y si juventud es esperanza y renovación, permíteme que me entre la duda de si la enfermedad no será que aparezcan los síntomas de la pérdida de esa juventud... Ai, ai, ai, señores, aunque haya subido el I.V.A -esa imposición violenta y antipática- creo que les conviene una sesión intensa de peluquería: siento decirles que a muchos de ustedes comienzan ha aparecerles canas. Pero esas canas de haber perdido ya de todo su ideal primario. Llamémoslas, por qué no, canas intelectuales.



viernes, 10 de agosto de 2012

Miedo

A veces nos perdemos en los límites de nuestra propia consciencia sin ser totalmente conscientes.
Como unos aventureros en su mayor apuesta de valor, nos encontramos a nosotros mismos ante una gran puerta de roble que esconde, tras ella, el borde del universo, abierto a un infinito impregnado por un amanecer estrellado en rojos y naranjas...
Y allí plantados, de pies, sabedores de que es la última prueba (última e insignificante, consistente exclusivamente en abrir la puerta), preferimos perecer en la alfombrilla de bienvenida por el nosequé del "porsiacaso" (también denominado miedo atroz, para variar) que sencillamente girar el pomo de una gran puerta de roble con determinación para asistir al mayor espectáculo visual. Y sólo por pensar que era mejor morir antes que morir en el intento. Que lo que quedaba era peor que el camino recorrido (vease, 100 días de camino entre montañas que escupen fuego dragones, hechiceras del tiempo y todo lo que usted se pueda imaginar).
Cuántas veces nos encontramos ante la solución y nos da miedo abrazarla.